Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Manguel. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Manguel. Mostrar todas las entradas

14 de diciembre de 2009

Alberto Manguel

"Yo era alguien a quien los libros siempre le interesaron , pero es muy difícil para un joven convencer a su familia y al resto del mundo , que la lectura puede ser la actividad vital. Cuando uno dice: “me gusta leer”, responden “tendrás una carrera de abogado y luego leerás en tus ratos libres. Y yo no quería eso , sino hacer de la lectura mi vida "

Alberto Manguel
(Entrevista diario El Mercurio , 30 de agosto 2003)

Fuente: Devolución y Préstamo

18 de mayo de 2009

La biblioteca de noche - Alberto Manguel

Aún no leí este libro de Manguel, pero es uno de los innumerables de mi lista “por adquirir”, y luego de leer este fragmento, al comprarlo seguramente se ubicará –por sobre otros que esperan desde hace tiempo – entre los primero de mi lista “para leer”.

"Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido. Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.» Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio. El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos. Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. "


(Pueden comprar este libro y recibirlo en su casa haciendo click AQUÍ)